sábado, 11 de octubre de 2014

Terceras sin ganas

Llegar y subir las escaleras por la mañana con el firme convencimiento de que es lo correcto. Esas escaleras que no sabes qué tienen: estás en forma pero notas como las piernas no quieren seguir levantándote... y sigues. Sigues porque esperas que esa persona que, momentos después entra en la misma aula que tú, te cuente alguna cosa interesante, que te dea el “poder del conocimiento” sobre lo que pretendes ser en un futuro... porque el problema no es tener, es ser... o a veces es lo que parece.
Idiota de mi que sigo una rutina más o menos precisa para una causa que creo deber y con la que creo estar en lo cierto: despierto, desayuno, a clase, vuelvo, como, algo de informática o juegos, estudio, deporte, ceno y para cama. Otro día de mi vida con esta rutina, otra vez a empezar igual que ayer y antes de ayer y antes de antes de ayer. Y otra vez estas sillas que están acopladas a la mesa del de atrás... qué puto asco, joder, cómo odio esta aula.
Volviendo la vista por la puerta, por ahí entra ella (en este caso mujer pero ya me he topado en mi existencia con mujeres, hombres y putos animales... que también hay). La misma cara amigable “de siempre”, entrada en años y con paso ligero que se acerca al encerado a comenzar la gran e importante “SESIÓN MAGISTRAL”... agárrame esta, que vienen curvas.
Si tienes la mínima intención de conocer un poco la ciencia (debo de aclarar que esto se cuenta desde una ingeniería) esta no es tu clase. No, aquí no vas a aprender nada, esto es más una clase de inglés pero en física, no porque se dea en la maravillosa lengua anglosajona, sino porque es una clase de X ciencia (me niego a manchar el nombre de algo tan bonito) pero con mecánica de estudio de chapatoria.
Ahí es donde quiero llegar, porque, ¿dónde se ha visto que en una asignatura en la que se pretende enseñar algo de física (ups) te den todo de forma que semejes una mecánica del tipo “toma A y B y calcúlame C haciendo siempre las siguientes operaciones matemáticas”?. Pero esa mecánica (desastrosa para cualquier estudiante de alguna ciencia, o trozos de varias en mi caso) no te exima de pedir en las pruebas conocimientos que pidan un entendimiento más profundo como: ¿de dónde sale tal concepto? o de pedir las famosas e incomprendidas DE-MOS-TRA-CIO-NES (así, por partes, para no atragantarse como a muchos nos pasa al leer tal vocablo en el papel de la prueba).
No es lo que parece: no me refiero a que tenga que darme todos los conocimientos relativos al tema, para eso ya está la biblioteca (o internet) y el cuchillo jamonero de mi abuela. Pero al menos, de lo que expliques, y viendo tus exámenes, no me jodas (que no eres mi tipo) y explica de donde lo sacas.
Ya, a estas alturas del “fregado” , llega a mi la hoja, la hoja de firmas... ¿es que no sabes que soy campeón internacional de tocarme el mango a dos manos y confundir peras con naranjas?: la cara de un profesor no puede ser mayor cuando, teniendo una clase desmotivadora para alguien que tenga una mínima curiosidad, te pide que asistas amenazándote con rebajarte la nota (aún encima, el sistema te obliga a estudiar para aprobar y no para aprender). Aún con todo lo anterior pides que venga a clase cuando puedo a prender más en esta hora y media en la biblioteca.
La culpa es mía, quizás soy demasiado idealista para este mundo, quizás debería de estar estudiando una ciencia pura, quizás debería ponerle un trasatlántico de velas a San Judas Tadeo (patrón de causas imposibles, soy ateo... ¿comprendes?) o puedo sencillamente mandarla a que meta los dedos en el enchufe a Miss Yosoyquienparteelbacalaoysinotegustamismétodosahívieneuncinquillo Conmuchasuerte Socapullo.

La culpa ha de ser mía, sí, de querer aprender algo sobre cómo funciona el mundo (no el de los hombres, el de lo real, el que mañana nos atrae un meteorito y nos manda a la mierda con más razón que nunca).

martes, 26 de noviembre de 2013

Bizcochos y secretos

Pasando las 12 de la noche, allí, haciendo ese maldito trabajo que ni sumando toda la puntuación él podría aprobar. Entre el montón de anotaciones y esquemas de la vilipendiada tarea se encontraban los restos de las palomitas que con ansia devoraba una hora antes debido a los nervios. Llevaba mucho tiempo despierto y sus ojos se lo recordaban haciendo amagos de secarse y pidiendo más cafeína... pero si tomaba más acabaría vomitando.

En aquel gélido piso de estudiantes (un cuarto sin ascensor en la zona vieja, ¿cómo faltar a esa tradición?) la sensación que la humedad y el propio frío del ambiente le producían en la piel al pobre chaval era de encontrarse por momentos en la tundra siberiana y por otros en el Polo Norte. En mitad de un sollozo le vino a la mente aquel bizcocho que con tanto amor la hacía su abuela los fines de semana para que se lo llevase a la ciudad y así asegurarse  de que no pasaba hambre al desayuno... aquel mismo bizcocho que tanto duraba en buen estado y que acababa en el mueble junto las galletas, bollitos, cereales...

Con un titánico esfuerzo se levantó de la silla y se fue a por un trozo de bizcocho, calmante de cruces personales y penas. Por el oscuro pasillo a causa de tener la bombilla fundida desde hacía meses, problema de pereza más que de fondos, se deslizaba el desastre personificado. Pasando por la habitación vacía con el tendal sintió una brisa de aire gélido en la nuca. Claro, la maldita ventana abierta para secar "mejor" la ropa y él a punto de meterse en el congelador para ganar algo de calor... la solución esta muy clara: cerró la puerta de la habitación, haber si el kimono se congelaba de una vez y el próximo día en el tatami lo daban agarrado.

Ya caminaba por la demencia... por la cocina cuando otra vez el gélido aire del exterior le abofeteó la cara. La ventana de la cocina abierta, los paños colgando recién lavados de la ventana eran los culpables indirectos de aquel atentado contra una de las supuestas funciones de una casa: que se este mejor dentro de ella que fuera. Cerrando la ventana y maldiciendo mientras tartamudeaba se atusaba la poca barba que tenía al notarla enredada... ¡pues sí que hacia frío!... pero la contra no hacía todo el recorrido y se atascaba. Para ser la parte más nueva de aquel candidato a piso tercermundista no lucía como tal. La dejó lo más cerrada que pudo maldiciendo en toda la "mitología" de las religiones que conocía y se quedó un ratito quieto, notando lo rápido que parecía volver el calor.

Con la energía regresando al cuerpo cogió decididamente un cuchillo del bol -bol de los cubiertos, ¿qué culpa tiene este pseudoescritor de que no le llegue el intelecto a los moradores para que se compren en cualquier chino de la zona un cajón de cubiertos de los de plástico?-. Se dio la vuelta enérgicamente con el cuchillo en la mano con la firme intención de apuñalar al bizcocho y no al individuo que ahora hacía amagos de defecar verbalmente sobre la madre del gélido protagonista y que dejaba caer su propia navaja al suelo. Más digno de pertenecer a una película de humor inglés la realidad se tornaba ahora absurda hasta decir basta.

Casi en shock, por apuñalar a alguien en el hígado (que ahora vertía mil litros de sangre por el suelo camuflamierda, firme presagio del rumbo que llevaba aquel piso) y por lo absurdamente real de la escena vivida en primera persona, el estudiante, llamó a gritos a la compañera de piso. Si no era poco la otra, con el difícil despertar que tenía, tardó un par de minutos en llegar a la cocina... el tipo estaba ya bien muerto del tajazo que ampliamente le había metido el protagonista al mantener firme el cuchillo mientra el desconocido se desplomaba de dolor.

Llamaron a la policía y los sanitarios cinco minutos después de la acalorada discusión sobre "quien quería apuñalar a quien y el ensañamiento de este". Los sanitarios con cara de sueño viendo la escena ni le comprobaron el pulso al "herido" alegando en voz alta uno de ellos: "me cuesta creer que hubiese tanta sangre dentro del cuerpo". La policia no daba crédito y menos el forense que vio seccionado limpiamente el hígado del que en declaración y en teoría parecía ser el agresor: un ladrón muy violento de por la zona que la policía buscaba en secreto y que entraba en las casas por las ventanas forzándolas.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Prerelato inesperado

La fina y cálida lluvia de final de verano y que daba la bienvenida al otoño caía y traía consigo una falsa neblina, marca del lugar. La ciudad se empapaba lentamente una vez más y él, caminando por el casco antiguo, contaba segundos para verla en aquel bar que tanto le gustara la última vez.
Ligeramente húmedo entró en la cafetería e instantáneamente pudo captar ese aroma que le sacaba todos los colores por encima del de la bollería, el café o las bebidas de esas horas de la mañana. Una vista a su al rededor y ella, con una sonrisa, le pedía un beso mudamente. Había sido una semana dura pero su vida cambiaba y quería celebrarlo con ella.
Después de unos tiernos segundos de un beso indescriptible, de unas caricias con el revés de los dedos en su mejilla pudo sentarse tranquilo a su lado. El ajetreo de los últimos días lo habían dejado medio muerto de tanto esfuerzo y lleno de insanas anécdotas que poder contar. En frente de él la chica tomaba sorbos de café, café que mojaba sus labios carnosos y los hacia brillar con la luz de una bombilla cercana. El pequeño hombre ya no la veía tan distante como los primeros días, sino, más cercana y cálida. Había perdido el miedo a mirarle a los ojos, ojos que variaban la tonalidad según el día de azul a verde y viceversa. Esos preciosos ojos que le mantenían la mirada y le hacían perderse en su casi total monólogo constantemente. Ella, que no es que no estuviese entretenida, visualizó por capricho de su mente un cambio de planes repentino del día que iban a pasar juntos y apurando el café le dijo que tenía prisa, que tenía que ir con ella a comprobar unas cosas cerca de allí. Inocente, cortó su monólogo de sobre la histeria de los exámenes, tomó el café intacto de vez, pagaron la cuenta y se fueron por la puerta trasera del local.
Subieron y bajaron calles con aquel paraguas indomable que se hacía el rebelde con cada racha repentina de viento que subía por la vía principal. Ella cada vez le cogía la mano con más firmeza y él, acariciándole con el pulgar el revés de la mano, se fijaba de que estuviese bien resguardada por el paraguas. Repentinamente reconoció la calle en la que se encontraba y tuvo la claridad para visualizar el camino que ella pretendía seguir. Paró instantáneamente de caminar, lo que la asustó y con una mirada interrogativa le preguntó por lo que sucedía. Él, que nunca fuera bueno explicándose, la arropó con sus brazos y, quedándose quietos durante un minuto en un soportal, se dijeron todo con un abrazo.
Continuaron su camino a paso ligero y llegaron a la puerta principal del edificio. Todos los gestos tranquilos y normales pero con una cierta intranquilidad y prisa escondida... lo que le dio tiempo a mentalizarse de era el momento apropiado para dejar cuerpo y alma expresando sentimientos con gestos, miradas y demases.
Cerrando la puerta del piso quiso reconocerla una vez más en el recibidor, haciendo amago de quedarse un rato quieto pero ella no le dejó y después de dejar la ropa de abrigo en la percha un tirón de la mano le obligó a meterse dentro de la habitación, que estaba medio a oscuras y cálida. La puerta de la habitación también se cerró tras la palma de la chica y el roce y el falso silencio despidieron lo que quedaba de la mañana: mañana fría, cálida, húmeda, seca pero sobre todo de reencuentro.